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sábado, 25 de diciembre de 2010

Cesar Casal-CORAZONADAS Adrian Sobaru

Al electricista de la televisión rumana, de 41 años, Adrian Sobaru se le cruzaron los cables de la crisis. Ayer quiso quitarse la vida desde el anfiteatro del Parlamento de Bucarest. Está grave. Él parece que saldrá adelante. Pero su economía y sus hijos no. Por eso se tiró. «Le habéis quitado el pan a mis hijos», dijo, y se arrojó al vacío sobre el patio de diputados. Las imágenes han dado la vuelta al mundo. No es el primero. Ni será el último. Son los desesperados del fantasma de los mercados que recorre Europa. A Adrian le quitaron parte de la ayuda para su hijo autista y quebraron su economía. Rumanía claudicó ante las presiones del FMI y el Banco Mundial y ha rebajado los salarios públicos un 25 por ciento y ha incrementado el IVA del 19 al 24 por ciento. Así fue que Adrian intentó cerrar su vida sobre la conciencia de los políticos de su país. Vamos por un camino pésimo. Y no parece que haya luz al final del túnel. Da la sensación más bien de que el túnel va a estar tapiado. Los comedores sociales han multiplicado sus servicios. Pero los ejecutivos europeos han aumentado sus ingresos. Cada vez hay más gente normal que no puede hacer la compra. Pero los bancos siguen haciendo públicos beneficios de escándalo. Cada vez hay más hogares en los que todos están en el paro, mano sobre mano. ¿Cómo se celebra la Navidad en un hogar en el que nadie trabaja? ¿Quién es el guapo que canta los villancicos?

viernes, 22 de octubre de 2010

El lazo rosa (César Casal)

El lazo rosa
Viernes 22 de octubre de 2010

Hacía tiempo que no se veían lazos en las solapas. Como si las causas se hubieran extinguido. O diesen igual. Y esta semana empecé a ver lazos rosas, aquí y allá. Por la calle, en la televisión. Es el lazo rosa para combatir el cáncer de mamá. El mensaje es muy claro. Lo repiten desde las asociaciones, que tanto trabajan para mejorar la vida de las afectadas: «Prevención es curación. Cuanto antes es mejor para combatirlo». Es terrible cómo, por desgracia, creemos que la palabra cáncer tiene como sinónimo la muerte. Lo cuenta de forma descarnada una afectada: «Es inevitable. Cuando el médico te dice que tienes cáncer, lo siguiente que piensas es en la muerte». Nada como los testimonios positivos sin edulcorante para saber que la lucha es posible: «Del cáncer de mama se sale, igual que he salido yo y que han salido muchísimas mujeres». Lo dice una mujer que lo logró y que añade otra verdad: «La enfermedad me cambió a mejor: cuando acabas el tratamiento ya solo te importan las cosas necesarias». Los porcentajes demuestran que la curación existe.

La experiencia demuestra que mirar de frente a la muerte ayuda a comprender que lo único importante que tenemos es el tiempo, y es lo que más desperdiciamos. Las sensaciones cotidianas, que muchas veces ni valoramos, son las que nos convierten en gigantes. Lo triste es que tenemos que enfermar para darnos cuenta. Siempre llegamos tarde a la verdad.

viernes, 1 de octubre de 2010

César Casal


Huelga: todos mienten

Jueves 30 de septiembre de 2010

Todos ganaron. Peor que en unas elecciones. O por lo menos tan sobrados como en unas elecciones. Como en las guerras, es la información la primera que recibe un tiro en la cabeza, en unas elecciones o en una huelga general sucede otro tanto de lo mismo. La primera sacrificada en los telediarios es la verdad. El yo de los sindicatos, el yo del Gobierno, el yo de la oposición, todos están convencidos de su victoria, porque todos están encantados de conocerse. Se aman a sí mismos, se adoran. Tienen una misión: que luzca su puesto de trabajo. Solo eso. Todos dicen ocuparse del nosotros de la gente. Pero solo dañan al nosotros para conservar su estatus. Entre el yo de los sindicatos y el yo de los políticos ayer se abrió más la grieta del nosotros, una grieta o vacío en el que ya están casi cinco millones de personas que no pudieron ir a la huelga, porque sencillamente no tenían trabajo al que faltar. Están en paro y su depresión solo sirve para salir en los discursos de los demás, tan ocupados en salvarlos que los hunden más y más. Lo malo de la tortura es que llega un momento en que parece que la necesitas y no puedes librarte de ella. Políticos y sindicatos nos hacen creer que los necesitamos, cuando solo son guante y látigo de la misma mano de desprecio. Ya lo escribió Shakespeare: «La verdad es el perro que hay que echar a la perrera a latigazos, mientras que la gran perra cazadora apesta junto al fuego».


jueves, 20 de mayo de 2010

César Casal ( y su articulo de hoy de la voz)

Desde hace unos años leo a César Casal, me parece un tipo que escribe como me gustaria hacerlo a mi, me gustaria escribir de mayor como el.
Hoy, encontre su blog y que puedo cortar y pegar las columnas que escribe...
Esta es muy buena ... y habla de inventores, os dejo con el...


El mundo está lleno de inventores de la pólvora. Como los vendedores que iban de pueblo en pueblo ofreciendo pócimas maravillosas, que todo lo sanaban. Encima, los medios de comunicación los amplificamos hasta la náusea. Ocurre en todas las disciplinas. Los hinchas del Real Madrid son los inventores del fútbol. No hay duda. Oyes hablar a cualquier merengue y parece que el fútbol lo inventaron en Chamartín. Y lo reinventan cada vez que disputan los blancos un partido. Solo existen sus estrellas. Solo en el césped del Bernabéu se juega con un balón redondo. El inventor de la política es, por supuesto, Aznar. No hay otro en el mundo. Ni Montesquieu ni Obama. Aznar es el hombre que todo lo sabe. Así Feijoo inventó el galego , y Kapuscinski, el periodismo. Y, claro está, Baltar, la gaita y el vino de O Ribeiro. Y Camps, los trajes, y Pepe Blanco, el AVE. La vanidad es tremenda. Es un globo que nunca se termina de hinchar. Hay que ser mucho más humildes. Los tiempos que corren lo piden a gritos. Ni Sardá inventó la tele. Ni Jorge Javier Vázquez. Ni siquiera Shakespeare o Cervantes inventaron la literatura. Todo suma. Y, aunque hay aportaciones sorprendentes, el hombre progresa porque, en el equipo humano, participamos todos. Sin nombres propios. Sin altares. Sin inventores del alfabeto. A algunos al atarles el ombligo no les estrangularon bien el ego. El ego, ese eco que resuena en nuestras cabezas y las anula.